En Argentina e Iberoamérica los despidos en medios están a la orden del día

Esta nota de Roberto Herrscherdel para el New York Times en español que les vamos a compartir, tiene algunos datos que se quedan cortos con respecto a la grave situación que atraviesa nuestro oficio en las empresas periodísticas de habla hispana. Había un libro que Horacio Verbitsky presentó en los ’90 bajo el título “Un Mundo sin Periodistas”.

Más allá de la coyuntura en la que El Perro escribió ese texto, la sentencia que puso en tapa, y que todavía se lee en algunos saldos de las librerías de la calle Corrientes, parece estar materializándose oculta en el barro, ya no sólo de la clásica censura en si misma, sino de negociados que se fueron mezclando entre los poderosos permanentes y los de turno, los mal llamados empresarios de medios, y los interesados funcionarios inescrupulosos que desde el Estado dejan hacer en contra del derecho constitucional que debería garantizar a cada ciudadano recibir información responsable, plural, democrática y veraz.

Haber incorporado la mecánica típica del mundo de las altas finanzas que mezclan tenebrosos “grupos de inversión”, sociedades anónimas fantasmas, testaferros, prestanombres, etc, en el seno de las firmas convencionales que se dedican (o dedicaban mejor dicho) a las comunicaciones; encima, en el marco de un esquema que se amplía de manera vertiginosa con nuevas tecnologías y la insaciable iniciativa patronal de multiplicar ganancias y reducir, eso que ellos denominan costos laborales, es decir nuestros empleos. Algo que ha convertido nuestra labor en un mero negocio vacío de imparcialidades, de objetividad, y hasta de contenidos que tengan que ver con lo que realmente ocurre.

La voracidad de los pequeños sectores que concentran la riqueza en detrimento de las mayorías que la producen, los ha llevado a simplificar la manera de naturalizar y legitimar el discurso único que hace ver como algo normal a la desigualdad, la discriminación, y esa idea increíble de que si las clases medias y en particular las bajas se sacrifican un tiempo, a la larga todos vamos a estar mejor. Lo han conseguido apoderándose de los grandes holdings que administran las noticias y el entretenimiento. En una jugada que procura que cada vez menos personas, salvo excepciones de cartel, muy mal remuneradas, precarizadas y bajo la consigna de que para mantener sus trabajos deben ser consecuentes con los intereses de quienes les pagan, se autocensuren en base al miedo y dejen de hacer periodismo, para convertirse en simples propaladores de voces y pensamientos que ni siquiera les pertenecen.

Así la excusa de las redacciones convergentes, las multitareas y otros artificios empresariales han enlodado eso que estudiamos o aprendimos en las calles, en el aire de las radios comunitarias, de los canales, diarios y revistas barriales, donde contábamos lo que de verdad nos pasaba y no le que le conviene a una élite de accionistas y con sus gerentes. Ahora si les dejamos el texto de Herrscher:

A comienzos de este siglo tres periodistas realizaron, sin saberlo, el mismo proyecto: vivir entre seis meses y un año con el sueldo mínimo, “disfrazándose” de obreros manuales, camareros, lavaplatos, limpiadores.

El colombiano Andrés Felipe Solano publicó Salario mínimo; la estadounidense Barbara Ehrenreich, Por cuatro duros y la francesa Florence Aubenas, El muelle de Ouistreham. En los tres se detalla en primera persona cómo afecta al cuerpo, al ánimo y a la calidad del trabajo el vivir con tan poco, el no tener margen económico para decir ‘no’, el estar permanentemente sujeto a los caprichos del jefe, el comer mal y matarse corriendo detrás de una liebre que siempre corre más rápido.

Hoy los periodistas no necesitamos disfrazarnos de nada para tener la experiencia de vivir con el sueldo mínimo. Y el aprendizaje de las dificultades psicológicas, mentales y físicas de vivir con muy poco que plantean esos libros ahora llega a nuestro gremio y afecta el periodismo que hacemos.

Hace algunas semanas, el sindicato español CNT publicó un informe alertando sobre la caída de los pagos de medios de España a sus colaboradores. La agencia oficial EFE paga en promedio un poco menos de 20 dólares por crónica o reportaje. El diario El Mundo paga 76 dólares por un artículo para la web; El Economista, casi cien dólares por el contenido que llena una página. Y así en casi todos.

Es menos que lo que se paga por jornada de trabajo en la construcción o la limpieza de edificios. Si se calcula lo que un periodista cuidadoso debe emplear en la confección de un reportaje bien investigado, escrito, editado y chequeado, debería pagarse al menos 200 dólares para que sea compatible con el sueldo mínimo, que en España es de 825 euros (900 dólares) mensuales por 172 horas de trabajo.

En América Latina la situación no está mejor. Los autores famosos ganan más, pero para un periodista que se está abriendo camino, se paga entre 50 y 100 dólares por reportajes o crónicas de unas mil palabras (el tamaño de esta columna).

Cada vez se viaja menos y los hechos que suceden fuera de los centros del poder quedan sin cubrir, bajo un manto de silencio, no debido a la represión y las amenazas de los lobos autoritarios (que también padecemos) sino a la falta de dinero para contar las noticias.

Según un reciente estudio, los periodistas novatos de Colombia cobran un promedio de 400.000 pesos colombianos (136 dólares). Un sueldo medio para los que comienzan raya los 682 dólares. En países con alta inflación como Argentina o en economías deprimidas como las de Centroamérica es un sueño conseguir que paguen 100 dólares por un artículo.

Helena Calle, una joven periodista de Bogotá, calculó su ganancia mensual en “900.000 pesos (307 dólares) por ser periodista, ghost writer, transcriptora, traductora, community manager, contadora, vendedora y asistente editorial. Los jóvenes somos muy baratos”, concluye Calle, “y la mayoría de las empresas tienen filas y filas de practicantes, chicos y chicas recién desempacados de las facultades de comunicación”. Consulté a una decena de periodistas veinteañeros en seis países y las respuestas fueron muy parecidas.

Ante la inestabilidad y angustia del freelance, muchos ven la obtención de un empleo fijo como un sueño realizado. Pero también ha desmejorado la situación de los periodistas “de planta”: según la Asociación de la Prensa de Madrid los sueldos han caído un 17 por ciento en el último lustro y más de la mitad de los empleados de un medio ganan menos de 27.000 dólares al año.

En toda Iberoamérica las plantillas de los principales medios se achican y los despidos están a la orden del día. En Argentina, un conglomerado tan potente como Editorial Atlántida acaba de despedir a 25 trabajadores. En el último año, el poderoso diario Clarín despidió a 180 trabajadores de la redacción y 270 de su planta de impresión. Y otros medios se han sumado a esta tendencia.

Así expresaba el clima general el periodista argentino Juan Pablo Csipka: “Yo me siento un sobreviviente. El llegar y que te digan: ‘No, a partir de mañana no vengas más’ como espada de Damocles. En estas condiciones es que se reclama mayor excelencia y calidad, recargando labores de treinta personas sobre las espaldas de diez”.

La periodista mexicana Cecilia González, corresponsal de la agencia Notimex en Buenos Aires, lleva la cuenta del desastre en su país de adopción: “El año pasado, según el Foro de Periodismo Argentino, perdieron su trabajo 1499 periodistas o trabajadores de medios de comunicación. Otras organizaciones gremiales elevan la cifra de despidos a entre 2500 y 4000”.

Un ejemplo son los periodistas jóvenes que fundan nuevos medios digitales, donde tratan de implementar un nuevo modelo de negocio con independencia, creatividad y vigor narrativo. En los últimos premios de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) fueron estos medios, como El Faro de El Salvador o La Silla Vacía de Colombia, los que se llevaron los principales galardones. Medios nuevos como estos atraen a un público cansado del periodismo tradicional y contratan a jóvenes ansiosos de vivir de lo que aman y contar sin cortapisas.

Recientemente, Ignacio Escolar (41 años), el director de uno de estos medios —eldiario.es de Madrid—, inauguró el año académico de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado de Chile. “La gran amenaza del periodismo ya no es cómo se investiga, se escribe o se publica, sino cómo se paga”, les dijo Escolar a un centenar de chicos de entre 18 y 20 años.

Escolar comenzó eldiario.es con 12 periodistas y el presupuesto de su primer año era menos que lo que costó la fiesta de lanzamiento del anterior medio que dirigió, un diario en papel. Hoy tiene más de 60 y cuatro cabeceras en las principales ciudades españolas.

¿Qué futuro le espera a los estudiantes que lo escuchaban? En sus preguntas se notaba el entusiasmo pero también la inquietud. Al presentarlo, Mónica Rincón, la periodista chilena de CNN comenzó citando a Eduardo Galeano: “Sueñan las pulgas con comprarse un perro…”.

En la sala abarrotada, los alumnos de periodismo sabían perfectamente a qué se refería.

Roberto Herrscher es profesor de periodismo de la Universidad Alberto Hurtado de Chile y director adjunto de la maestría en Periodismo de la Universidad de Barcelona y Columbia University. Su libro más reciente es “Periodismo narrativo”.
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